jue
02
feb
2012
El tránsito de estar vivos nos hace inevitables testigos de la desaparición de otros. Valorarlos, opinar sobre ellos ensalzándolos o aún emitiendo quejas de los que fueron sus actos es algo acostumbrado. Ello es mucho más característico cuando quien fallece ha sido un personaje por muchos conocido o cuya acción vital ha traído muchas consecuencias para la comunidad. Y estos días, con la muerte a los ochenta y nueve años de Manuel Fraga Iribarne, hemos podido ver y leer una auténtica tromba de relatos, exposiciones y largos epitafios sobre su vida, el significado de sus actos y la cualificación de su legado.
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>>>>>Dicho está que somos un país tendente a la bipolaridad, la doble versión, las dos orillas o los de uno y otro lado, en lo político, lo sociológico y hasta lo deportivo. Así que, fieles a nuestro tópico estilo, hemos desgranado nuestros escritos a favor y en contra de don Manuel con auténtica pasión, sin objetividad y casi ninguna frialdad. Mejorar lo dicho y escrito no será el fin de estas líneas, solo trataremos de valorar valoraciones y comentar lo que tantos han expresado de tan variadas formas.
Casi podríamos clasificar en tres grupos, los artículos, reportajes y comentarios acerca de Fraga Iribarne. Por un lado los expresados muy favorablemente, que han fijado su acento y atención a sus grandes capacidades intelectuales, su constancia, su vocación de servicio público, su patriotismo, sus amplios conocimientos en variadísimos campos de lo humano, lo político, lo jurídico, etc. Su papel esencial en momentos históricos concretos y muy importantes, su contribución constitucional, su generosidad personal para ceder el paso a otros dirigentes en el liderazgo del partido que fundó –hasta en dos ocasiones-, su brillante paso por la presidencia de la Xunta gallega y muchos más episodios, acciones y detalles.
De otro lado, los autores, comentaristas y espontáneos han fijado su objetivo en la acción de Fraga en los gobiernos de Franco en diversas responsabilidades, su calidad de ministro ante algunas condenas a muerte en los años ´60 y sus expresadas opiniones ante alguno de tales hechos. El escepticismo frente a la posición aperturista y discrepante de la dictadura por parte del político gallego, su exilio en Londres por esas mismas razones o los propósitos de su vuelta a tareas ejecutivas años después. Incluso se ha hecho referencia a la ley de prensa que impulsó, derogando la censura previa, de forma tan negativa como han solido traer y llevar aquella frase de “la calle es mía”, su reacción a la legalización del Partido Comunista u otros sucedidos reales y hasta imaginarios, inventados, deformados o leyendas urbanas.
Finalmente, habría un tercer grupo de opinantes o relatores que han dedicado sus energías a relatar lo tenido por bueno y lo clasificado como malo de forma aparentemente descriptiva con menos sesgo o, al menos, aparentándolo. Las más de las veces yendo hacia uno u otro lado perdiendo el disimulo a mitad o al fin del camino. Mucho se ha dicho, juicios duros, benévolos, laudatorios o descalificantes, habría que vernos en su lugar a cada uno de los que nos pronunciamos.
Manuel Fraga tenía casi noventa años al morir, hombre laborioso, muy inteligente y apasionado. Fue hombre de su tiempo, de muchos tiempos. Empezó muy joven y terminó su carrera solo al terminar su vida. Valiente y altruista nunca se enriqueció. Tuvo un alto sentido de la responsabilidad e hizo de su sentido de la ética y de la moral la línea inamovible de su comportamiento. Acertó muchas veces y se equivocó otras muchas, tal y como lo hacen los seres humanos cuando se les somete a un alto nivel de exigencia, mucho más si lo es durante casi toda su vida. Sus decisiones tuvieron consecuencias públicas prácticamente en todo momento y su vida está llena de aportaciones a la Historia. Y… estaba allí, viviendo los ´50, los ´60 y los ´70. Dio lo mejor de sí mismo como creyó que debía hacerlo en cada momento. A veces se equivocó, a veces no se le entendió y otras no quiso entendérsele. Fue un hombre irrepetible, todos lo somos, pero él fue –quizá- mejor.
JOAQUÍN L. RAMIREZ