mié
15
feb
2012
La Real Academia de la Lengua Española recoge claramente las diversas acepciones de la palabra pregonar. Las cuatro primeras recogen una labor de divulgación y enaltecimiento de las bondades de una persona, o de los artículos que intenta vender el pregonante. La quinta entrega se acerca más al término que usamos en Andalucía como “definición”: “Declarar a alguien malhechor…”.
Últimamente pregonamos a cualquiera por el más mínimo motivo. La prensa y la televisión vive prácticamente de denostar y poner en la picota a unos y otros. Es decir, casi vive del “pregón”. Inclusive aquellos pregones que no son sospechosos de vituperio, tales como los pregones literarios -que son aquellos que se proclaman como anuncio de cualquier evento que tenga que ver con las artes o con la religión- se convierten en un elemento que es mirado con lupa tanto en su continente como en su contenido y, sobre todo, es investigado a fondo el encargado de manifestarlo. Y tiene su porqué. Es lógico que aquél que hace el anuncio conozca y asuma el contenido de lo expuesto y el fin pretendido con el acto. Sería totalmente anacrónico que el pregón de una feria taurina fuera defendido por el presidente de la liga antitaurina, o aquél que ha de ensalzar la Semana Santa de una ciudad se manifieste ateo militante.
Sentada esta premisa, voy a manifestarles cual ha sido mi buena noticia de hoy, parece ser que el Ayuntamiento de Málaga, gracias a Dios, se ha vuelto atrás de su prohibición de pregonar la mercancía que se vende en los mercados municipales. En mi modesta opinión, se trataba de una auténtica aberración. El pregón es una delicia para los oídos e incluso un apéndice musical relacionado con los cantes malagueños. Recuerdo con añoranza los pregones callejeros que, a veces, eran difíciles de identificar con el producto, pero que siempre se relacionaban con el tiempo atmosférico o con el “buen o mal bajío”. Los botijos de la rambla, quesos de la mancha, boquerones y chanquetes del copo, leche de cabra, perchas y plumeros, la Tardeeeee con la lista, el rico Kaki americano, las almendras tostadas y saladas, las almencinas y el palodú, a los frescos, gordos y “reondos”, etc. etc. El que casi todos temíamos escuchar era el del “afilaoooor”; calino seguro: se corta la mayonesa y se pincha el coche.
Que no nos quiten los pregones. Ese “niña: gambas de la bahía”, chirimoyas que se crujen, ajos y limones: que me los quitan de las manos, pan de Almogía o huevos de la recova, personajes como Matías, “el percha”, o los marisqueros de las tabernas, nos hacen volver a nuestra infancia y acercarnos a aquella Málaga más humana. Gracias a Dios todavía no se vende los chumbos por ebay.
Que los que mandan se pregonen menos entre ellos y dejen hacerlo a quienes tienen maravillas que pregonar.
Manuel Montes Cleries