jue
16
feb
2012
Como todos los refranes españoles, esta sentencia contiene una verdad como un puño. El ser humano es feliz por naturaleza; pero lo es mucho más, cuando disfruta del placer de la mesa (que no tiene nada que ver con alimentarse). Los que nos criamos en la posguerra valoramos mucho más un trozo de pan, un muslo de pollo o una pastilla de chocolate que lo hacen los de la generación del yogurt y las hamburguesas. Pero, sobre todo, y es a lo que vamos, gran parte de la satisfacción que produce una mesa bien pertrechada, además del condumio, se obtiene de las personas con las que compartes el evento.
Es más, y a riesgo de ser anatematizado, posiblemente con razón, considero el rito de la comida entre amigos como un sacramento. Un lugar de encuentro con el Dios-Amor, en la presencia del “hermano de buena leche” que, por unas horas, pospone sus problemas y encuentra la conversación y, porqué no, el tinto cómplice.
He tenido dos comidas memorables en los últimos días; la primera en el almacén de unos amigos que me prestan su territorio y sus esfuerzos para guardar los alimentos de una ONG. en la que colaboro. Todo fue tan sencillo como llevar una paellera grande, los avíos oportunos y una gran dosis de buena voluntad. De allí salí un poco perjudicado de comer, beber y compartir. Después de una sería operación quirúrgica viene bien.
La segunda, y es mi buena noticia de hoy, la protagoniza una mujer sencilla, sin grandes experiencias religiosas ni aspavientos rituales. Pero se trata de una de las mejores “manos de Cristo” que conozco. Sabe decir la palabra justa en el momento oportuno. Sabe estar al quite en los momentos difíciles y, además, hace el rabo de toro como los propios ángeles.
Tengo la suerte de compartir con ella 44 años de mi vida. Y es lo mejor que me ha podido pasar. No la traspaso por nada del mundo. Creo que esta es la mejor declaración de amor que puedo hacerle en el día de los enamorados. Una buena esposa es otro Sacramento. Barriga y corazón lleno a Dios alaban.